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certamen literario primo levi universidad complutense

Gonzalo y Diego, premiados en el Certamen Literario Primo Levi de la Universidad Complutense

Nuestros alumnos Diego Pascual (1º de Bachillerato) y Gonzalo Cid (4º ESO) obtuvieron un magnífico resultado en el Certamen Científico Literario Primo Levi de relato breve, cuyo fallo y entrega de premios se produjo a finales del pasado mes de abril en el Salón de Actos de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Complutense.

Todos los alumnos concursantes debían de presentar un relato relacionado con un elemento de la tabla periódica y la gran calidad de los textos de Diego y Gonzalo obtuvieron su recompensa de entre los 73 textos recibidos de su modalidad de estudiantes de 4º de la ESO y 1º y 2ª de Bachillerato, matriculados en el curso 2018-2019 en la Comunidad de Madrid.

Así, Gonzalo se llevó el Tercer Premio por el relato titulado “Lo hice por ella” (Elemento químico: POLONIO) y recibió un Paquete de Experiencias, un ejemplar del libro “El sistema periódico” de Primo Levi y un diploma acreditativo. Por su parte, Diego obtuvo la Primera Mención Especial por el relato titulado “Un yacimiento de oro” (Elemento químico: ORO), por el que se le hizo entrega de un ejemplar del libro “El sistema periódico” de Primo Levi y un diploma acreditativo.

A continuación, reproducimos los dos magníficos relatos de nuestros alumnos.

Lo hice por ella (Gonzalo Cid)

El detective miró fijamente al sospechoso. Llevaba tanto tiempo en aquella sala oscura que conceptos como el tiempo empezaban a desdibujarse. Aun así, sabía que merecía la pena. Aunque en un principio se mostraba inofensivo, el detective sospechaba de su verdadera naturaleza. Ya el simple hecho de que una persona entrara en contacto con él, era un error que costaba vidas. Aquel elemento era un homicida, y él lo demostraría.

  • Sabemos que fuiste tú – dijo seriamente- por mucho que intentes mentir, las pruebas están ahí. Nuestra división científica fue categórica en susconclu…
  • Pero…

El detective golpeó la mesa y agarrándole con extrema violencia exclamó:

– ¡Aquí solo se habla para confesar! Tu cara de bueno y tu brillo no me convencen, ¡tus huellas están por todo el cuerpo de la pobre mujer!¡Confiesa de una vez y haznos a todos la vida más fácil!

Sin dejar de agarrarle y de lanzarle improperios, el inspector empezó a ver como se derrumbaba, como estaba tan cerca de…

Interrumpiendo sus pensamientos, el sospechoso estalló en llantos y entre sollozos dijo:

  • Tienes razón, tienes razón… yo soy el único culpable, pero yo lo hice por ella, siempre por ella…

El interrogador quedó de piedra, en ningún momento anticipó esa reacción… no se esperaba que alguien que resplandecía, que desprendía ese fulgor casi sobrenatural, que se mostraba tan seguro y tan estable, se rompiera tan súbitamente. Le soltó y bajando el tono ordenó tajante:

  • Empieza a cantar, desde el principio.

Se secó como pudo los ojos y empezó a relatar:

  • Bi…bien, del principio recuerdo poco, recuerdo…recuerdo presión, una presión brutal, por todas partes, también mucho calor, un líquido viscoso, lento y rojizo…después nada, oscuridad, solo oscuridad… ¡oscuridad!

El ya conocido asesino empezaba a hiperventilar, y el detective, preocupado porque no fuese capaz de terminar una confesión que tan desesperadamente deseaba, le puso una mano en el hombro y escondiendo su asco, le invitó con fingida ternura a que continuara. Más relajado, respiró hondo un par de veces y continuó.

  • Después de la oscuridad, recuerdo unos hombres, eeestos…estos andaban pesadamente, como si apenas pudieran mover sus cuerpos, siempre con una especie de trozo de metal adherido a un mango en el hombro. Me examinaban, me miraban raro, y tras un rato discutiendo en un idioma extraño me levantaron y me llevaron a una gran sala, con los señores se…

El interrogador viendo como el homicida empezaba a extraviarse del objeto de toda esta historia, perdió la calma y exclamó: “¡Al grano!”. El asesino dejó de contar viejas historias de señores cansados y empezó a relatar hechos más cercanos al homicidio:

  • Cuando salí de aquel lugar me llevaron con un francés que vestía siempre con una bata blanca. Estuve allí retenido unos años. El edificio era grande, muy grande… pero a mí me dejaba siempre en el mismo lugar. El lug…el lugar era blanco, era blanco como su bata y…y afuera había una ciudad grande y ruidosa.
  • Te lo repito una vez más: ¡al grano!
  • Pero…
  • ¡Al grano he dicho!

El asesino miró al inspector con rencor, y con un aire más parecido al de un niño de seis años, que el de alguien tan longevo, continuó narrando:

  • El hombre de la bata, me hacía cosas horribles, realizaba en mí experimentos extraños que yo no entendía, hasta que de pronto, un día me dejó de lado, me abandonó… ¿Cómo se atreve? ¿cómo se atreve? ¡Su maldito premio lo consiguió gracias a mí!, ¡a mí!
  • ¡Eh, eh, más calmadito! ¡Céntrate!

El sujeto se calmó, y tras recibir unas cuantas palabras de falsa compasión, el asesino continuó con la historia:

  • Durante los siguientes años pasé a manos de otros sujetos con bata blanca de los que apenas recuerdo nada.
  • Eso no ayuda -le espetó secamente el detective.
  • Yun día llegó ella.

Aquello atrajo el interés del detective. Aplastó el cigarrillo en la mesa y expulsó el humo en la cara del sospechoso, invitándole a continuar con la mirada:

  • Era una mujer casada, que tras oír de los descubrimientos de mi primer poseedor quiso verme. Me llevó a un cobertizo de las afueras, y allí pasó mucho tiempo conmigo. Me cuidaba bien y consiguió máquinas para hablar conmigo, para ver cómo era… era buena y humilde, como su marido, pero, pero…había algo en mí. Como unos rayos que emanaran de mi interior. Cuando su marido falleció bajo aquel carruaje… ella siempre estaba triste…tan triste, tan preocupada, que ya apenas hablaba…me dio tanta pena que entonces decidí acabar discretamente con su dolor, poco a poco. Ella no lo sabía, pero lo hacía todo por ella, siempre por ella…y al final ella quedó tan a gusto, tan…tan profundamente dormida…

El detective estaba tan impactado por aquella confesión, que su vigor inicial había desaparecido. Haciendo acopio de toda su entereza, murmuró:

  • ¿Cómo pudiste?
  • ¡Fue por ella, siempre por ella!

El culpable prosiguió gritando. El detective, llamo a los guardas, y les dijo un tanto aturdido:

  • Llevad monsieur Polonio a la celda número 84 y que no vuelva a ver la luz del sol ¿me habéis entendido?

Los dos guardas asintieron con la cabeza y arrastraron a aquel degenerado al sexto nivel de la prisión, donde esperaba, por el bien de la sociedad y por el suyo propio, que pasara el resto de sus días.

Cuando los gritos se apagaron, el detective se dejó caer en la silla, aplastado por la certidumbre de que aquella gran mujer solo había sido la primera de otras muchas víctimas que no tardarían en llegar.

 

 Se levantó, cerró la puerta de la sala de interrogatorios y se obligó a olvidar todo aquel asunto. Desgraciadamente la naturaleza no olvida y sus secretos no salen gratis…y como Curie antes de él, su reloj ya ha empezado a descontar.

Un yacimiento de oro (Diego Pascual)

Una simple carta, que cayó en el buzón paradójicamente una mañana de noviembre, fue el detonante de la irreversible y explosiva cascada de reacciones químicas que se desencadenó en el cerebro de Diego, inhibiendo sus neuronas para el resto de estímulos externos durante unos cuantos días…

El alcalde de Villanueva de Henares notificaba unos hechos recientes: un vecino del pueblo, mientras realizaba una perforación en su terreno queriendo encontrar agua, fue una ristra de costillas, falanges, fémures, pelvis y calaveras lo que realmente halló. En ese instante, Diego sintió que el destino le retaba de frente. No sabía muy bien por qué, pero las mariposas que revoloteaban en su estómago, le convencieron de que necesitaba saber hasta dónde le llevaría aquella carta.

La intriga y la ansiedad convirtieron en eterna espera la llegada del fin de semana para viajar al pasado del antepasado.

Ya desde la carretera, se divisaba una larga estela de taciturnos y cabizbajos peregrinos caminando hacia aquel improvisado santuario; deseando encontrar allí algo de lo que les pertenecía. Se había abierto la caja de Pandora, 80 años después, para que una inocente excavación pudiera delatar a una culpable fosa de esqueletos humanos, aireando el hedor del horror y haciendo sangrar heridas pendientes de cicatrizar desde la Guerra Civil Española.

El descubridor de aquella tumba colectiva, hombre tan tosco como zafio, se permitió la licencia de bautizar su telúrica hazaña con el nombre de “El yacimiento de oro”, por unas cuantas baratijas de pulseras y anillos que lucían los huesecillos de tantas manos unidas y reunidas.

Diego contemplaba paralizado aquel dantesco espectáculo, orquestado por muchos compases de largos silencios y también de llantos. Enseguida, algo llamó poderosamente su atención entre los restos de dos esqueletos que seguían aún abrazados: era un hueso maxilar del que emanaban dos brillantes reflejos áureos, en contraste con tanto calcio.

En ese instante, otra frase retumbó en su cabeza: “Mi segundo sueldo de Alemania, lo invertí en arreglarme dos caries con fundas de oro, para tener una sonrisa dorada como mi padre”. La había escuchado de boca de su madre mientras sostenía aquel impecable libro de piel color sangre que hibernaba entre sábanas blancas en un pequeño baúl, hasta que cada 15 de noviembre ella se empeñaba en despertar. ¡Qué paradoja del destino nacer, escribir sus memorias y comenzar a morir en el mismo mes!

En aquel capítulo, el Yayo contaba también que su primer sueldo en aquella fábrica de Dusseldorf había sido para contentar a su madre. Nunca le perdonó que se marchara del pueblo con 30 años a trabajar al extranjero dejándola viuda con tantas tierras que trabajar y animales que cuidar.

Ella no quedó sola, había más hermanos, pero el argumento de que las chicas del pueblo no se interesan por quien huele a estiércol no la convenció. Y el frío de su mirada tampoco pudo congelar las ansias de un hijo que necesitaba buscarse un futuro y “prosperar”, como se decía antes. En la página 79, decía: “y marché solo con mi maleta por la carretera del pueblo, sin volver la vista atrás…”.

Entonces… ¡las piezas de aquel puzle empezaban a encajar! Diego sabía que su bisabuelo fue ejecutado junto a su bisabuela después de que unos hombres armados les obligaran a subir a un camión la noche del 28 de enero de 1937. ¡Y aquel esqueleto, con sus dos dientes de oro tenía la sonrisa dorada que tanto envidiaba su abuelo! Por tanto, aquellos cuerpos abrazados…¡tenían que ser sus bisabuelos!

Cuatro semanas después, el análisis de ADN hizo el resto. El laboratorio demostraba una concordancia genética del 99% entre el maxilar con los dos dientes de oro y un canino de leche de Diego.

Otra paradoja del destino: todos decían que el Yayo fue un hombre con duende, con un “aura” que le hacía brillar, más incluso que el oro de su sonrisa…

Y otra más: El destino había querido utilizar la ciencia para mezclar dos elementos químicos, oro y calcio, obteniendo una aleación de justicia y dignidad.

A partir de entonces, cada 15 de noviembre, Diego rendía un merecido homenaje a la Tabla Periódica, depositando en aquella tumba un ramo de flores con 7 rosas blancas y 9 rosas rojas…

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